Junto con proteger contra aluviones y purificar el aire, el piedemonte entrega beneficios no materiales, como espacios de recreación y conexión con la naturaleza, según estudio.

La precordillera de Santiago, además de entregar protección contra aluviones e inundaciones y ayudar a purificar el aire, es clave para la provisión de servicios ecosistémicos culturales, es decir, aquellos beneficios no materiales que espacios naturales ofrecen a los humanos.

Por ello, es una prioridad la protección de la zona de piedemonte (en las faldas de la montaña), para que los ciudadanos puedan mantener los beneficios, como la recreación y la conexión con la naturaleza, que reciben de esta área, concluye un estudio de investigadores de la U. de Chile y del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), publicado en la revista científica Urban Forestry & Urban Greening.

Esta investigación, realizada entre 2015 y 2016 y para la que se encuestó a 66 visitantes del piedemonte, se dio en el marco de un proyecto del Ministerio de Vivienda y Urbanismo que busca definir áreas de protección natural y patrimonial en la precordillera santiaguina.

‘Seleccionamos seis áreas de conservación que cubrían toda la zona de estudio —superficie de 146 km2 entre los 700 metros y los 1.500 metros de altura, que incluye a las comunas de Las Condes, La Reina, Peñalolén, La Florida y Puente Alto— evaluando los servicios ecosistémicos culturales y otros, como el control de aluviones e inundaciones, y purificación del aire’, dice Jorge Pérez Quezada, investigador del IEB y profesor titular de la U. de Chile, quien participó en la investigación.

Belleza escénica

Para el estudio, que se centra en la evaluación de los servicios culturales, Pérez explica que se establecieron cuatro atributos que permitirían definir la provisión de estos: belleza escénica, accesibilidad, calidad visual y los sitios de importancia cultural.

‘Combinando esos cuatro elementos pudimos evaluar la provisión de servicios ecosistémicos culturales; las encuestas nos permitieron generar perfiles de visitantes que les daban una distinta valoración a diferentes atributos; por ejemplo, había algunos que le daban más importancia al aspecto cultural, representado en puntos de encuentro famosos o lugares con relevancia religiosa’, precisa Pérez.

En general, el factor más valorado por la comunidad era la accesibilidad, que se refiere a la facilidad de entrar o a la existencia de senderos en la zona. También los encuestados, que incluían turistas, deportistas y científicos, entre otros visitantes, señalaban la belleza escénica como el segundo aspecto más importante.

Asimismo, indica el investigador, ‘encontramos que la zona intermedia del piedemonte tenía la mayor previsión de servicios culturales’. Estos se concentran en quebradas y parques recreativos establecidos, que empiezan cerca de los 1.000 metros de altura, tales como Quebrada de Macul, Aguas de Ramón, San Carlos de Apoquindo y Parque Panul. Cita como una de las razones la mayor conservación de estas áreas y la menor urbanización.

En ese sentido, Soledad Álvarez Codoceo, investigadora principal del trabajo, cuenta que la relevancia de este estudio es que ‘cuantificar y mapear la provisión de servicios ecosistémicos culturales (…) nos permite identificar zonas y elementos importantes de resguardar y potenciar, que actualmente nos brindan experiencias que valoramos y que contribuyen al bienestar humano’.

Entre las amenazas que enfrenta la precordillera, además del cambio climático y la sequía, están la urbanización y debilidad en la gestión territorial. Pero también, señalan los entrevistados, el turismo no regulado juega un rol al erosionar el suelo o generar incendios. Este último, añaden, pudo haberse incrementado en pandemia ante el creciente interés de las personas en salir a la naturaleza.

Por ello, Álvarez concluye: ‘Es un área relevante en todo sentido, ecológico y cultural. Hay que conservarla para que estos servicios se sigan proveyendo de forma adecuada, y parte de esa conservación se logra mediante el turismo controlado’.