Hay un tema con los mandatarios y la comida. Y entre los más recientes, allí está el sándwich Piñera disponible desde el 2010 en la carta de la Confitería Torres -con salmón, queso crema y rúcula- o el que cocinó como propio la presidenta Bachelet en una red social el 2018, con rosbif -que puede hacerse con carnes más baratas, expresó-, champiñón, pimentón, lactonesa y hojitas, aparte de pasta de ajo negro, ‘porque no vamos a pololear’, aliñó con humor. Respecto al Presidente electo, lo que se sabe es su preferencia por un Barros Luco -carne y queso- con el añadido de palta y tomate, aparte de la extra mayo que bien hacen en La Terraza, un local tan módico como cundidor (ay, esas cazuelas con baranda), ubicado a cuadras de la célebre plaza con dos nombres. Y en la misma materia de rebautizos, ya se habla del Barros Boric. En fin.

El tema es que se ha hecho pública otra preferencia gastronómica del Presidente electo. Y como uno es inquieto, hubo que ir. Se trata de una picada -o huarique, ya que es de comida peruana- llamada Puerto Esmeralda. Ubicada en la calle del mismo nombre, es una buena excusa para darse una vuelta y comprar algún sombrero en Donde golpea el monito, a cuadra y media. O para hacerse de quesos donde Arturito, en la Vega chica, primer piso. Y para comer rico, obvio.

Tras algunos espionajes previos -¿agente Topo? Pffff-, se supo de una preferencia presidencial marcada por el piqueo mixto, el que es mayúsculo, para dos o tres. Se optó por pedir dos de sus componentes en porciones individuales. Una jalea mixta ($9.500), esos fritos variados, montados sobre un par de yucas y coronado con sarsa criolla. Y un cebiche mixto ($8.700), con su pescado, algunos camarones, calamar y pulpo. En ambos la sazón, perfecta. Los problemas fueron lo duro de una yuca, lo tieso del camote en el cebiche y también lo resistente -no grave, pero tampoco blandito- de los trozos de tentáculo.

Para seguir, se fue por un anticucho de corazón ($6.500), montado sin pincho sobre unas papas. Blando, sabroso, intenso a ají panca y un pelo salado. El otro plato fue una causa ($6.500), de gran tamaño, rellena de atún. ¿La verdad? Este debiera ser un número fijo de la economía doméstica nacional, una receta a adoptar sin ni dudarlo. Y venía con abundante palta, además. Una maravilla.

A la hora de los postres, había leche asada y tres leches. Se extrañó algo más típico. Para beber, una Inka Cola de litro y medio. En resumen: el lugar es sencillo, la comida cumple bien, la atención es ultra gentil y las sillas en su exterior están encadenadas.

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